Los ojos del alma

Crónica de:  Luisa Fernanda Motta Villegas, Licenciada en Literatura y Lengua Castellana, USCO.

Los aplausos resuenan con vigor cuando se oye el nombre de la ganadora del premio Virtud y Liderazgo de la Mujer Neivana en su versión 2019. Una leve brisa se percibe cuando los asistentes giran las cabezas para ubicar a la persona que se pondrá de pie para recibir el galardón. Muchos de los presentes asienten con satisfacción, aprobando el nombre de Karen Lorena Lesmes Medina.

Desde la mesa de premiación, el Alcalde de Neiva ve acercarse a una jovencita menuda y sonriente que camina lentamente, pero con seguridad. La alfombra del lugar se repliega ante la presión de sus pasos y es aplastada, poco a poco, por la punta del bastón que ella carga. Algunas personas se sienten tentadas a indicarle la dirección, pero callan al notar que la firmeza del andar de Karen es inquebrantable.

La sonrisa se hace más visible en el rostro de la joven cuando nota que en sus manos está el reconocimiento por el que se había atrevido a participar en la convocatoria. Su nariz aguileña se levanta cuando le indican que sonría para la foto, junto al Alcalde, quien le estrecha la mano con seriedad, en señal de felicitación. El flash de la cámara incomoda levemente a los retratados, quienes deben cerrar los ojos. Karen es la excepción. Ella no ha notado el resplandor.

Karen Lorena Lesmes Medina ha pasado a la historia del premio no solo como una de las primeras ganadoras jóvenes del mismo, con apenas veintitrés años, sino como una de las primeras, cuando no la primera, que vive con una discapacidad visual.

–Creo que si no tuviese una discapacidad –comenta con voz dulce después de tomar un sorbo de agua– yo sería una persona del común. Es mi condición la que me permitió hacer estas cosas. De otro modo, estoy segura de que no habría hecho nada, como muchas personas.

Cuando piensa en su limitación, Karen habla con alegría. La considera una oportunidad, un modo de desenvolver la vida en modos insospechados que los seres humanos ordinarios cerramos al momento de dejarnos capturar por las tentaciones del mundo de la imagen. Ha aprendido a disfrutar los rostros inexplorados de la belleza y ha adquirido una noción de su existencia como invidente que difiere mucho de los estándares tradicionales.

–Yo soy educadora –dice con firmeza–, y nunca he permitido que mi discapacidad me cierre puertas. De hecho –asegura con voz de convicción–, la responsabilidad de que los chicos como yo no accedan a una educación como la merecen es porque no se exigen a sí mismos, a sus colegios, a sus docentes ni a sus compañeros, que los traten como iguales. Yo sí les exigí y, gracias a ello, he logrado todo esto.

Karen ganó el premio Virtud y Liderazgo gracias a su trabajo en la fundación Los Ojos del Alma, en la que apoya a personas con discapacidad en Neiva, especialmente a personas con limitaciones visuales. Su formación en tiflología (los modos de comunicar a través de medios no visuales como el braille) la empodera para capacitar a otros acerca de la aplicación de estos elementos en la educación formal, para convertir a los colegios en verdaderas instituciones incluyentes.

–Defiendo firmemente la educación inclusiva, pero quiero que las personas entiendan que no es lo mismo educar con integración que educar en la inclusión. Una cosa es que los colegios acepten estudiantes con discapacidad y se los entreguen a un especialista para que “hagan lo que puedan”, y otra cosa es que esos mismos colegios adecúen sus materiales didácticos para responder a las necesidades educativas de todo el mundo, tengan limitaciones o no. Esa es la verdadera inclusión.

Cuando Karen reafirma su labor, se percibe en su voz un tono de fuerza, de autoridad, que convence a los demás de las fortalezas que un ser humano es capaz de desarrollar cuando tiene la voluntad de hacerlo, tal como lo hizo al iniciar sus estudios en Licenciatura en Lenguas Extranjeras con Énfasis en Inglés, en la Universidad Surcolombiana, aun cuando le dijeron que era imposible que una persona invidente pudiera estudiar una carrera como esa.

–Exíjanme –les decía a mis docentes–. No me pasen solo porque soy invidente, como si yo fuera un ser que requiere lástima. Adapten las evaluaciones a mi forma de aprender –explica mientras le da vueltas a su bastón y extiende la mano para buscar a tientas una galleta que tiene cerca–. Y ellos lo hicieron. Eso me llevó a entender que la inclusión es posible, y que cuando se es consciente de lo que implica entablar relaciones a profundidad con las limitaciones, no hay límites en realidad.

Las tamboras y el rabo e ‘gallo están listos para el festival del San Pedro. Muchos neivanos se juntan en torno a su fiesta patronal, en la que hay ocasión para reinados de todo tipo; las minorías no son la excepción. Un par de meses después de la entrega del premio, Karen se está preparando para su intervención en el festival de la inclusión que se lleva a cabo en el Parque de la Música, una plaza dedicada al autor Jorge Villamil.

Ella viste un traje típico totalmente rojo. Las polleras de sus mangas y su falda sobresalen dándole un toque de elegancia y distinción a las trenzas negras que cuelgan de su cabeza. Aún no se ha maquillado, pero su mamá se encargará de eso cuando llegue al lugar. Mientras espera, mueve sus polleras en uno de los doscientos espacios que han determinado para el evento.

–Aunque no sepa cómo se ve algo, creo que puedo describirlo como lo harían los demás –comenta sonriente. Y lo dice con certeza, pues no sabe cómo es el color rojo, o cualquier otro color, ya que es invidente prácticamente desde su nacimiento. Nació vidente, pero un error médico la despojó de la visión.

Cuando nació, fue introducida en una incubadora durante quince días seguidos y la luz que emitía ese artefacto quemó por completo sus delicadas retinas infantiles.

–Ese accidente me recuerda que soy afortunada –confiesa mientras la sonrisa desaparece–, pues otro niño, que nació el mismo día que yo, permaneció cuarenta y cinco días en su incubadora y hoy tiene discapacidad visual y también cognitiva, pues esa radiación lumínica afectó su desarrollo cerebral. Yo pude terminar como él.

En ese momento, llegan al evento las otras comunidades que fueron invitadas. Por un lado, la comunidad LGBTIQ+, quienes, con su colorida adaptación de los trajes típicos, ocupan poco más de diez asientos. También está la comunidad de las personas con características especiales. Al escuchar esta última palabra, Karen dirige el rostro hacia la fuente del sonido –una mujer que la menciona a lo lejos– y arruga la nariz.

–Nosotros no somos especiales –suelta con franqueza–, o al menos no en ese sentido tan despectivo. Tener discapacidades no nos hace merecedores de un rótulo tan desagradable; sólo tenemos otro modo de vivir la vida. Cada persona con discapacidad, o incluso quien pertenece a otro tipo de minoría, tiene un talento excepcional que todos, empezando por los docentes, deben descubrir.

Karen menciona esto mientras recuerda sus días de colegio. Ella era quien adaptaba los materiales para sus profesores cuando aprendió a hacerlo. Ella fue quien exigió, una vez ingresó a trabajar al lugar donde estudió (el colegio Enriqueta Solano Durán de Neiva), que se creara una inclusión verdadera, en lugar de repetir el ciclo innecesario de entregar a los niños discapacitados al especialista –como lavándose las manos–, en palabras de la maestra.

–Nosotros somos tan humanos como cualquiera –continúa–. Pasamos por las mismas peripecias de los demás, los mismos dramas, incluso. Aunque todo en nuestra vida sea un desafío, al menos en la mía ha sido así, nosotros podemos ser incluidos en la sociedad, si esa sociedad se tomara el tiempo de facilitarnos las cosas.

Cuando menciona los dramas, sonríe una vez más. Seguramente ha pensado en aquella ocasión en la que una mujer oportunista intentó echar a perder su matrimonio. Nada importante, según parece revelar la confianza con la que es contado el suceso.

Casi como si hubiese sido invocado con el pensamiento, Andrés García aparece vistiendo su atuendo del San Pedro. Su estatura lo hace un hombre imponente, pero sus facciones juveniles le quitan por lo menos cinco años a los treinta y seis que tiene. Se sienta con cuidado junto a Karen, quien lo ha tomado de la mano en cuanto lo siente cerca y pliega el bastón con el que ha caminado hasta encontrar a su esposa. Sus ojos invidentes apuntan siempre hacia el infinito, desde un accidente que el destino y el azar le regalaron el día de su cumpleaños número veintidós.

Mientras celebraba en su casa, en medio de un permiso que la Fuerza Aérea Colombiana le había otorgado, una bala perdida lo puso en peligro de muerte y dañó sus nervios ópticos irreparablemente, junto con los olfatorios. Andrés tampoco puede oler.

–Ante la tragedia –comenta Andrés con voz pausada–, las personas que caen en discapacidad creen que su vida ha terminado ahí, y si lo creen, es porque de verdad son discapacitados. Cuando uno tiene un proyecto de vida, uno no es discapacitado.

Él, mejor que nadie, sabe que lo que dice es verdad. Cuando ocurrió su accidente, la FAC le negó muchos beneficios de los que era merecedor y le dio de baja sin muchos reconocimientos. Confundido, decidió luchar por los derechos de aquellos que padecían su condición: estudió Derecho para aprender sobre la verdadera naturaleza de las leyes que lo defendían y, posteriormente, creó la fundación Los Ojos del Alma, en 2013. Desde esta fundación, trabaja para brindar apoyo jurídico sin ánimo de lucro a esta población. Ahí conoció a Karen, quien ingresó como docente.

–Yo estaba muy enfocada en mis proyectos como educadora. Jamás había considerado la idea de tener novio –relata Karen–, pero conocí a Andrés en la fundación y él empezó a hablar conmigo. Luego empezamos a hablar los dos. Le agradó mucho a mi familia, me pidió que fuera su novia y, poco a poco, consolidamos nuestro matrimonio.

 

Karen luce feliz al hablar de su relación. Se le escapa una sonrisa apenas evoca el nombre de Andrés. Comenta que, al pasear juntos, son dos ciegos que se guían mutuamente, deshaciendo la vieja metáfora bíblica en la que algo así solo conduciría al desastre. Él, con su memoria intacta de cuando podía ver, y ella, con su sentido perfecto de la orientación cuando se mueven en autobús, pueden caminar solos por la calle y por la vida, con el otro como apoyo.

Sin embargo, Andrés es la otra cara de la moneda. Al ser abogado, el primero en condición de discapacidad visual en el departamento del Huila, es más frío, más pragmático, pero comparte el mismo deseo de su esposa: un mundo mejor para las personas que viven con discapacidades, igual que ellos.

–Nosotros también somos sujetos de derecho –explica Andrés–, formamos parte de la sociedad como todos los demás y el Estado debe actuar a nuestro favor tanto o más que con el resto, pues nuestra condición nos hace vulnerables a muchas cosas.

El evento está a escasos treinta minutos de comenzar. La madre de Karen está llegando con una niña tomada de la mano. La pequeña, al ver a Karen, se adelanta para correr hacia sus brazos. La joven percibe su voz, y sonríe.

–Ella no estaba en mis planes –comenta al estrechar a Esmeralda–, pero hace cuatro años, cuando descubrí que estaba embarazada, ella se volvió mi vida.

La niña va hacia su padre cuando su abuela se prepara para maquillar a Karen, quien cantará en el escenario. Aunque la música es apenas un pasatiempo, lo hace con la misma dedicación con la que enseña, traduce y adapta materiales a braille e idea métodos para enseñar inglés y otras lenguas extranjeras a personas invidentes.

Leider Capaz, un indígena de la comunidad nasa y profesor de música de Los Ojos del Alma, llega al lugar cuando el maquillaje de Karen está listo. Aunque se retrasó, está a tiempo para la presentación en la que acompañará la canción de su compañera y líder con la guitarra.

El nombre de Karen suena por los altavoces. Mientras ondea su bastón, de la mano de Leider camina hacia el escenario. Cantará una canción que compuso para su hija, la luz de sus ojos, según dice ella a modo de broma.

Su voz suena dulce y melodiosa en el micrófono, así como espera que suene al sentarse en la silla del Concejo de Neiva, adonde espera llegar en la siguiente jornada electoral.

Esmeralda la observa, feliz, mientras su padre piensa en la solicitud aprobada para un centro de recursos para aprendizaje de lenguas extranjeras en Colombia, en conjunto con la Embajada Americana.

Todo esto lo hizo una pareja de invidentes. Posiblemente ellos vean mejor que miles de videntes; posiblemente su mirar, desmarcado del monopolio de la visión, sea más profundo. En cuanto a Karen, así lo refleja, quizás porque decidió ver no con sus ojos, sino con su alma.

Karen Lorena Lesmes Medina, egresada de la Uninversidad Surcolombiana y ganadora del premio Virtud y Liderazgo de la Mujer Neivana, en su versión 2019.

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