JAQUE AL PEÓN

Por: Laura Natalia Gualaco Vargas

Estudiante de Licenciatura en Literatura y Lengua Castellana

 

Acto primero:

Helena: Buenos días, ¿cómo amanecieron?, ¿qué desean tomar hoy? (Inmediatamente Victoria sale de escena. Helena quita la sonrisa).

Cuando el minutero llega a las doce y la manecilla más pequeña del reloj marca las cinco de la mañana, Helena se levanta, se asea y a las seis está lista para escuchar, atenta, lo que ese día se le ofrecerá a Victoria. Un jugo verde, es seguro; fruta, también; ¿huevos pericos o huevos revueltos?, “habrá que preguntar”, piensa Helena; si es fin de semana Victoria querrá un desayuno especial; pero nunca se le olvide a Helena ponerle su arepa y su café en la mesa; si Mauricio, el esposo de Victoria, está en casa el menú se duplica: el jugo verde por igual y el desayuno será otro plato personalizado. Cuando Javier y Tiago, los hijos de los patrones, se levantan, Helena repite el mismo procedimiento. Los patrones de Helena se van a montar bicicleta, situación que ella aprovecha para arreglar el cuarto principal. De ocho a once de la mañana Helena arregla el primer y segundo piso de la casa, aspira, trapea y limpia polvo, y acomoda algo que esté por fuera de su sitio. De once a una cocina y sirve el almuerzo. Cada integrante se antoja de algo diferente. En 30 minutos almuerza y de una y treinta a tres limpia la cocina. De tres a seis de la tarde, Helena hace oficios varios como limpiar zapatos, acomodar ropa o mercado, limpiar baños, dar merienda, o, asea algún desastre que haya hecho algún patrón. Dependiendo del trajín del día descansa, o no, sesenta minutos. De siete a nueve de la noche hace cena y limpia cocina. Al final del día, cuando Helena por fin puede acostarse un rato, el dolor y el cansancio que recoge minuto a minuto durante todo el día cae como una pesa a sus pies, manos y espalda; el cuerpo se vuelve tan pesado de cargar que se encalambra, que no soporta trabajar más, ni para sí mismo; en muchas ocasiones ella se durmió con el uniforme puesto. Al día siguiente, lo único que le quedaba por hacer era cambiarse de uniforme y seguir trabajando.

Helena debe asegurarse que el ciclo de la casa marche con perfección: cada zapato tirado en la entrada de la casa debe regresar limpio a su lugar. Como un ajedrez, cada pieza tiene su sitio: si un peón no está en su cuadro, se nota, si se nota, Victoria lo hará saber. Helena sabe perfectamente el funcionamiento de la casa; si a alguien se le pierde algo, ella sabe dónde podría estar, si la lavadora falla, ella sabe por qué.

Helena repetirá el mismo procedimiento todos los días mientras trabaje como empleada doméstica interna; no hay descanso en casa ajena, menos si se es un peón en la mesa de ajedrez. Aunque hay que decir que no siempre se es un peón; a veces Helena es un caballo, una torre, un alfil o los 8 peones a la vez, pero nunca una reina o un rey. Ejercer la labor de una torre, un caballo o un alfil no significa más reconocimiento, solo se es una ficha en un juego ajeno. Todos los días Helena cocinará de la misma forma, tallará el mismo piso, levantará la misma ropa y pondrá el mismo cepillo en el mismo lugar. No importa cuántas veces lo haga, al día siguiente lo tendrá que volver a hacer, todo el día, todos los días a la misma hora. Su labor tiene que marchar como las manecillas del reloj, a tiempo, silencioso y casi incógnito. El peón estará en jaque hasta el domingo.

Acto segundo:

En el patio

(Sentada en un banco, Helena habla por celular. Entra Victoria a escena, Helena cuelga sin despedirse).

Helena está casada con Don Ernesto y con él tiene 3 hijos: Danilo, Fabio y Nicol, la menor. La familia de Helena vive en Neiva, ella trabaja como empleada doméstica interna, a las afueras de Bogotá. Antes de la pandemia del 2020, Helena viajaba cada mes a su casa. Para ella los días interminables de su trabajo valen la pena cada vez que se sube en un bus rumbo a Neiva.

«Me fui de Neiva porque aquí la gente es muy usurera, levantada, y por eso no pagan lo que es. En últimas, no pagan lo que prometen sino lo que se les da la gana pagar. Recuerdo mis primeros trabajos, fueron en Tesalia- Huila, donde nací; en aquellos empleos ni me pagaron… siempre he trabajado… ya ni me acuerdo… incluso creo que trabajaba solo por la comida… o mi mamá cobraba, así que nunca supe. Desde muy pequeña he trabajado, me fui de la casa a los 14 años, cuando el esposo de mamá intentó violarme».

Helena cuenta su historia con la mirada puesta en un punto que no ve. A pesar de estar distraída, su mirada es fuerte y sin vacilaciones. No demuestra expresiones de miedo o tristeza. Las palabras salen con seguridad de su boca. Mientras habla, ni una vez se le quiebra la voz. Helena dice olvidar muchas cosas de sus primeros trabajos, parece que lo más traumático de su pasado lo bloqueó de su mente. Pero tiene imágenes lúcidas de hechos insignificantes, como cuando un patrón revolvió una ensalada de papa con sus manos. Helena llegó a Bogotá a los 14 años, a los 18 conoció a Don Ernesto. Formó familia con un hombre de baja estatura e inseguro de sí mismo. Se casó en una ceremonia pequeña y sin invitados. La vida en Bogotá era muy cara para la familia de Helena, así que se mudaron a Popayán.

«Nunca me han hecho contrato de empleo, pero el primer trabajo en el cual gané bien fue en Don Quijote de la Macha, en Popayán. Me dieron dotación y me pagaban $200.000 cada semana. Yo entré a trabajar allí sin saber hacer platos a la carta, pero en la entrevista a todo le dije que sí sabía, con seguridad… que claro, que tenía experiencia. ¡Mentira!, yo no sabía qué era una bechamel, un Filet Migñon, un pollo embajador, o cómo se hacía una cazuela de mariscos. Eran platos que tocaba hacer en minutos. En ese entonces el restaurante contaba con 12 empleados trabajando en la cocina a la vez. Yo me acercaba a mis compañeras y les copiaba lo que estaban haciendo, escogía los platos más sencillos, hasta que me convertí en la mejor de las empleadas. Incluso mejor que las que habían estudiado. He aprendido que sea lo que haga, debo ser la mejor, así sea una prostituta o una abogada… Llegaba a mi casa cansada a las 12 de la noche, con quemaduras en los brazos y heridas en las manos. Ese trabajo me permitió darle a mis hijos todo lo que ellos querían: todos los fines de semana los llevaba a comer lo que se les antojara y le compraba a mi hija ropa a la moda. Trabajaba mucho pero engordaba más, tenía dolores de cabeza constantemente, me dolía el cuello y tenía mareos; fui al médico y me enteré que tenía tiroides. La doctora, por mi salud, me recomendó renunciar a ese trabajo que me producía mucho estrés. Cuando renuncie los dueños del restaurante fueron a mi casa a pedirme que no renunciara, me ofrecieron subirme el sueldo a lo que yo pidiera».

Helena cuenta su historia con orgullo. Tiene unos ojos grandes y expresivos, con pocas arrugas y modela un pelo negro que no deja descubrir ni una cana. Sus manos son grandes y fuertes, con unos nudillos marcados. Llegó a Neiva con su familia, trabajó tres años y regresó sola a Bogotá a laborar como interna. Así lleva cinco años, hasta hoy.

«Regresé a trabajar a Bogotá porque no soportaba ver a mis hijos con una sola muda de ropa; si les compraba unos zapatos, los compraba a cuotas. Danilo ya iba a graduarse de bachiller, tenía que hacer algo, mis hijos no se podían quedar haciendo nada por ahí, yo no les iba a dar solo el bachillerato y abandonarlos a su suerte como lo hacían los demás, no. Yo soy una mujer sin miedos, de propósitos, con carácter espiritual: si Dios me dio derecho a la vida, tengo el derecho a reclamar lo que me merezco. Además, tenía que sacar a mis hijos de donde estaban viviendo, un barrio que cada vez que salían eran asaltados: yo no creo que eso se lo merezcan mis hijos. Desde entonces trabajo en Bogotá. Por lo menos allá me pagan lo que es».

En el momento de esta entrevista, Helena se encuentra de vacaciones en Neiva, hace un mes, después de haber estado 6 meses trabajando sin descanso por el confinamiento obligatorio a causa de la pandemia del 2020. Llegó a esta ciudad con la promesa de quedarse solo una semana de vacaciones, pero ella no ha regresado. No tiene apuros en volver porque sabe que se merece el descanso. Tampoco le da miedo que la despidan, tiene confianza en sí misma, y podría pensar que no cree a Victoria con las agallas suficientes de despedirla. En su cara reluce satisfacción. Podría hablar por horas de lo difícil que fue conseguir que Danilo, Fabio y Nicol estudiaran en la universidad. Planea pagar las deudas de las tarjetas de crédito y no volver a trabajar. El éxito de sus hijos lo ve como su jubilación.

«Si hubiera estudiado, así fuera hasta el bachillerato, estoy segura que trabajaría en una empresa con un buen sueldo, pero solo llegué a segundo de primaria. Aun así, aprendí a leer por la vida, ni me acuerdo cómo».

Intermedio

En el siglo XX, a partir del suceso de la masacre de las bananeras en Colombia, se comenzó a exigir los derechos laborales. Antes del hecho, no había contrato laboral; se compraba la mano de obra en algo llamado arrendamiento de persona. En especial, se aplicaba a las empleadas de servicio doméstico. En esta época el gobierno constantemente cambiaba las reformas labórales. Sale la Ley 6 de 1945 donde ya se hablaba de un contrato de trabajo, una remuneración y un seguro para el personal que trabaje en una empresa, pero el trabajo de las empleadas de servicio doméstico aún era visto como un arrendamiento de persona o criadas domésticas; mujeres que servían toda su vida a una familia aristocrática. A finales del siglo, lo único que se logró legalmente para las empleadas de servicio doméstico fue la prohibición del trabajo para las menores de edad, pero al no ser un trabajo reglamentado, se omitió.

Las leyes laborales en Colombia no aplicaban para las empleadas de servicio porque se creía que no generaba ningún aporte tributario. Solo hasta 2002 la Corte Constitucional de Colombia fue asignando, poco a poco, los derechos laborales a las empleadas de servicio. En el año 2002 se aprobó la licencia de maternidad. En el 2003, el salario mínimo. Hasta el año 2014 el trabajo doméstico fue reconocido legalmente como una actividad laboral merecedora equitativamente de los derechos respectivos: prima, cesantías y seguro médico. En el 2015 se aprobó la pensión para las trabajadoras domésticas y la jornada permitida de trabajo. Hoy, año 2021, en Colombia el salario mínimo para las empleadas de servicio es de $980.657.

Acto tercero:

9 p.m. Carácter

(Helena lava loza. Mauricio, Victoria, Javier y Teodoro salen del escenario y bajan el telón con Helena aún sobre escenario).

Helena tiene un carácter fuerte que ha moldeado a través de las adversidades. Ahora es altiva en su trabajo, no teme a contestar a sus patrones.

«Comenzar a trabajar para la familia de Victoria fue complicado. Cuando recién llegué estaban acostumbrados a tratar con empleadas sumisas, a las cuales las hacían llorar por no saber hacer las cosas; yo no era así. Cuando se levantaban y no me saludaban, podían desgastarse mandándome y no les iba a escuchar, hasta que me saludaran. Tuvieron que aprender a saludarme, a entender mis tiempos; que si me mandan a algo y estoy muy ocupada, solo voy a dar la espalda. Pese a que me gané el respeto de ellos, nuca quise ir más allá de ser una empleada de servicio; son mis límites, yo tengo una familia que me espera, no necesito ser parte de otra. Lo que aprecio de Doña victoria es que me paga el sueldo con entusiasmo. Jamás me lo pagó a medias y ahora en la pandemia no me bajaron el sueldo como a otras empleadas de servicio. Las empleadas de servicio no necesitamos la bondad, la lastima, ni el cariño de nuestros jefes, necesitamos lo justo».

 

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