“El lenguaje, su riqueza, allí la esperanza”: William F. Torres

 Por: Juan Guillermo Soto Medina

William Fernando Torres es un apasionado caminante de lenguajes y estudioso de sus formas y sentidos. Por ello, fue uno de los primeros intelectuales que se dio a la tarea de pensar la comunicación en la región Surcolombiana. Con tan solo 23 años se inició como profesor en el programa de Lengua Castellana y Literatura, de la USCO, en el año de 1976. Desde entonces su evolución y legado como científico social, partiendo de la literatura hacia las humanidades, puede rastrearse en diferentes escenarios: programas, posgrados y dependencias de la USCO fundadas bajo su liderazgo; investigaciones en la región, publicaciones, trabajo con comunidades.  

El Aleph es el nombre de un cuento del escritor Jorge Luis Borges. En este, ocurre que uno de los personajes esconde un aleph en el sótano. Un aleph  es “el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos”. Entonces si te asomas allí, en ese punto, lo ves TODO. Mientras iba en el colectivo que me llevaba a la casa del maestro William Torres, para llevar a cabo la entrevista, recordé dicho cuento; luego recordé la figura del escritor Umberto Eco, conocido por muchos como “el hombre que lo sabía todo”. Imaginé entonces a Umberto Eco asomándose en ese aleph de Borges, “¿quizás ese fuera su secreto?”, pensé. Luego me vi  en un salón de clase, en la asignatura de producción editorial que cursé hace 14 años con el maestro William, en el programa de Comunicación Social y Periodismo de la USCO. Recordé su capacidad para narrar historias, para abordar un tema y tenderle a su alrededor todo tipo de puentes: filosóficos, históricos, estéticos, políticos, artísticos, de tal forma que cada quien llegara al destino sugerido por el camino que más le gustara. Es un hombre con el que se puede dialogar y aprender a profundidad sobre prácticamente cualquier cosa. ¡Qué le pregunto!, pensé a unas cuadras de su casa, en donde efectivamente escondía  su propio aleph: una biblioteca con miles de libros.

William Fernando Torres es huilense, aunque nació en Bogotá, “¡pero iba a nacer en Florencia!”, advierte. Viene de una familia liberal, radical. Su abuelo era de Suaza. Único liberal en el pueblo. Al ser amenazado tuvo que irse para Florencia. Si bien allí no llegó directamente la violencia bipartidista, las cosas también se pusieron tensas; a dicho escenario se sumó el embarazo de su madre, así que el abuelo decidió no correr riesgos y mandó a la familia para Bogotá. Allá nació. Regresó al Huila en 1960, a los 5 años. Leía mucho desde entonces.

Luego de estudiar Filología en la Universidad Nacional, entró a la Universidad Surcolombiana como docente en el Programa de literatura, en el año de 1976. Desde entonces el legado que ha venido construyendo en la Usco y en la región atraviesa diferentes escenarios: la creación de la Especialización en Comunicación y Creatividad para la Docencia; el Programa de Comunicación Social y Periodismo; la Maestría en Conflicto, Territorio y Cultura (cuyo doctorado está en proceso de apertura), la oficina de Extensión Cultural (creada por él en 1982), la dirección de la Editorial Surcolombiana. Sus investigaciones van desde los Imaginarios a futuro y tejidos comunicativos en la región Surcolombiana, hasta los Movimientos campesinos cocaleros de Chapare (Bolivia) y Caquetá (Colombia), entre muchas otras. En cuanto a su formación académica, es doctor en Filología Hispánica y doctor en Historia. Desde La U habló con él sobre su quehacer en dichos escenarios.

¿Cómo fueron sus orígenes docentes en la Universidad Surcolombia?

Ingresé a la USCO en el año de 1976, en el programa de Licenciatura en Literatura. Orienté literatura universal, literatura clásica griega, y, la “joya de la corona”: novela moderna (siglo XIX y parte del XX); Balzac, Floubert, Stendhal, Joyce, que entonces era ilegible (de él terminé eligiendo cuentos, no su novela Ulises, que incluso para mí era difícil). Terminé orientando un curso en el que yo veía que había tanta riqueza en esas novelas, que le daba a escoger una a cada estudiante, para que la socializara con el grupo. Recuerdo al profesor Abad Castañeda leyendo a Víctor Hugo.

¿En qué momento comienza a interesarse, y a transitar, por los terrenos de las ciencias sociales y humanas?

Al volver al Huila e ingresar a la USCO, el hecho de tener que organizar un curso permitió que me formara una perspectiva desde la historia intelectual: ver de dónde venía la construcción de conocimiento en occidente, de alguna manera influyó  en que también me preguntara qué historia intelectual tenemos aquí, en nuestra región.

¿Recuerda autores o libros que le fueron claves en dicho proceso de reflexión?

Virginia Wolf, en particular el libro “Una habitación propia”: reflexión que hace ella sobre el espacio para la mujer, lo cual estaba conectado con las feministas del siglo XVIII. Por un lado, esas mujeres leían novelas escritas por hombres, y fueron entendiendo que ellas querían hablar de amor; por otro lado, al ver a otras mujeres que pasaban por la calle con bultos de ropa para lavar, y la camada de hijos, entendieron que eran unas privilegiadas, entonces se les despertó la solidaridad para con ellas. Virginia también vio en las reclamaciones que hacían estas mujeres la posibilidad de desarrollar ideas sobre el espacio privado de la mujer. Entonces ella hace este libro, de 1948, que ha aportado mucho al movimiento feminista. Una prosa muy sencilla, contundente. Entre otros autores, también estaba Albert Camus y su texto El hombre rebelde. Porque es una reflexión muy crítica sobre la política, sus tensiones, tergiversaciones; un libro que apuesta por una ética.

En esa época también hizo teatro, ¿cómo fue esa experiencia y de qué forma también le aportó en su formación en ciencias sociales?

Tuve la fortuna de que me dieran, en el Programa, la asignatura de Apreciación Teatral. Conformamos un grupo muy entusiasta. Se nos desbordaba la clase y terminábamos los sábados leyendo en el bosque, lo que es ahora Café y Letras. Leíamos a Erik Erikson, psicoanalista de niños, pupilo de Freud. Entonces con este grupo hicimos un proyecto de investigación sobre la creatividad en la escuela oficial primaria, en Neiva.

¿Fue en ese periodo que lideró la creación de la especialización en “Comunicación y creatividad para la docencia”?

Sí. Con la investigación que veníamos haciendo sobre la creatividad en la escuela oficial, en la comuna 8, nos convertimos en equipo pedagógico. Con base en las reflexiones que surgieron de esa experiencia, surgió la idea de impulsar la especialización en Comunicación y Creatividad para la Docencia. Se aprobó en el año 1991 y empezó en el 1992. Yo hice el documento de la especialización, el cual se envió al ICFES; allá no entendieron que una especialización pudiera llamarse de esa manera, ¡pero es que ese nombre sugería los problemas que habíamos advertido en la docencia!: ¿cómo es el tema de la comunicación con los niños y padres?; el otro tema era el de la creatividad. Comunicación y creatividad.

Cómo lograron la apertura de la especialización teniendo al propio ICFES como principal obstáculo 

El ICFES lo mandó a Colcultura, y ellos lo mandaron al Instituto Colombiano de Antropología. El director de ese instituto, Camilo Villa, dijo: el investigador sobre estos temas es Jesús Martín Barbero, y se lo envió a él, quien hizo una valoración muy cálida. Además yo lo citaba. Dijo: ¡cómo es posible que a mí me citen en Neiva! Lo aprobó, luego nos visitó. La especialización la cursaban maestros mayores, ninguno había tenido la posibilidad de posgrados. Los procesos partían de los problemas que cada quién identificaba en su escuela. La cursaban profesores de los municipios, incluso de Florencia. La convocatoria nos obligó a abrir en Garzón. Y terminamos en Florencia y en Doncello, Pitalito, La Plata. Entre los autores externos estuvo la argentina Mónica Sorín (aún viene a la Maestría. Tiene 78 años. Dirige un master en arte-terapia), Marco Raúl Mejía, del movimiento pedagógico del magisterio nacional. Jesús Martín venía, en ocasiones, hasta dos veces por año; y nos conseguía maestros. Eso permitió un nivel de discusión y de reflexión pedagógica con producción de conocimiento situado que ha dado frutos.

Luego vino la creación del programa de Comunicación. ¿Qué motivó su apertura?

En el año 94, yendo al Caquetá, para ver si abríamos la especialización allá, con el tema del bombardeo al secretariado de las Farc, el 9 diciembre de 1990 (estábamos votando para elegir los miembros de la constituyente), eso había creado un clima tenso, sobre todo en el Caquetá. Los maestros que se habían graduado con nosotros nos dijeron: se vino la guerra. Las Farc va a reaccionar. Las Farc reacciona en el 94: Patascoy, Las Pavas, El Villal, Mitú, las Delicias. Demostraron que tenían dominio territorial y poder de fuego. De allí se vino la zona de despeje, aparece el Plan Colombia, en el 96 nos tocaron las marchas cocaleras. Las cosas se complicaron. De ahí surgió la idea de que había que preparar a la gente para enfrentar lo que se venía.

¿Por qué la respuesta a este contexto, desde la Universidad Surcolombiana, debía ser la apertura de un programa de comunicación?

Inicialmente se pensó un programa llamado Comunicación y Procesos Culturales. Queríamos formar comunicadores (no expertos en oficios: locutor, fotógrafo, editor), gestores culturales capaces de mirar lo que estaba pasando en el país, con capacidad de crear casas de la cultura y liderar otros procesos para sacar los miedos, enfrentar las polarizaciones que generaban dichos miedos, atizados por los medios de comunicación tradicionales. Por ello el comunicador se ocupa de saber lo qué está pasando con la comunicación en la sociedad y determinar dónde y cómo intervenir, cómo hacer diálogo de saberes, investigación colaborativa, etc. Igual que con la especialización, el ICEFES nos dijo: eso no se entiende. No había referentes de programas así en Colombia. Finalmente lo abrimos como programa de Comunicación Social y periodismo, en el año de 1995.

¿Sigue siendo pertinente la existencia de ese programa en la región?

El programa, con sus luces y sombras, está ahí. Pero las preguntas son: ¿qué reflexión sobre la comunicación está produciendo?, ¿cuáles son los retos que hoy se plantea una carrera de comunicación? Hay que hacer una evaluación. Cuáles son los problemas de comunicación que tenemos ahora y cuál es la comunicación que tenemos que producir y eso qué le implica al Programa.

Luego vino la maestría en Conflicto, Territorio y Cultura. ¿Por qué es pertinente?, ¿qué procesos ha liderado?

La maestría viene del proceso pedagógico desarrollado en la especialización ya mencionada. Con esta maestría queremos saber cuáles son los conflictos que hay, en qué territorios y qué culturas crear, qué reelaboraciones culturales impulsar o compartir. Es decir, qué convivencia tejer. Tenemos 10 cohortes, estamos acercándonos a las 60 tesis y hemos desarrollado dos líneas de investigación: impactos de los conflictos de los habitantes en el territorio, y, respuestas de las comunidades a esos impactos. En otra línea, de diálogo de saberes, hay dos ejes: educación y conflicto (cómo educar para asumir los conflictos, sin miedo); y, comunicación y conflicto (cómo narramos el conflicto desde la comprensión de lo sucedido). El caso de la cohorte número 10, compuesta por maestros del sector público, partimos de una pregunta: “¿qué escuela para qué ciudad?”, y entre sus objetivos, lograr que los estudiantes puedan crecer sabiendo para qué es el conocimiento, para qué sirve.

Otro aspecto vital en su vida han sido los libros. Cómo ha  sido su conexión con ellos y su experiencia en el campo editorial.

Cuando hacíamos nuestros estudios posgraduales (él y su esposa Hilda Soledad) en Europa sobrevivimos  trabajando para editoriales: traducciones, columnas sobre procesos de américa latina, entrevista a escritores (Pedro Gómez Valderrama, R.H. Moreno Durán, Jesús Martín Barbero), evaluación de libros para Bruguera, Planeta, Círculo de lectores. En España iba a las editoriales y veía cómo eran los debates, cómo tomaban las decisiones, les preguntaba cosas a los editores maduros.

La editorial de la USCO nació en el año 2000 y usted asumió su dirección desde el 2013. ¿Cómo ha sido su experiencia, como editor, desde entonces?

Al asumir la editorial, me puse a revisar toda la producción que había hecho la Universidad; cuántos libros por facultad, sobre qué temas, y cómo habían sido las ventas, para tratar de ver si había implícito en cada facultad un proyecto intelectual. Si tenían un tema que distinguiera a esa facultad de las otras del país. Logramos tener un mapa. Y leí todas las evaluaciones que se habían hecho sobre los libros a publicar. No había un formato común para las evaluaciones, unos criterios. En la editorial tenemos dos propósitos: ganar legitimidad científica y credibilidad social. El primero demanda que la comunidad científica diga: esto tiene suficiente rigor. Y credibilidad social porque toca los temas de interés púbico, que contribuyen a crear reflexión científica o comprensiones políticas. Esos son nuestros propósitos, por eso hemos ido creando colecciones. Importante también la circulación. Algunos de nuestros libros han circulado muy bien en la FILBO, como el libro de investigación sobre arácnidos, sobre la Cueva de los Guácharos; lo enviamos a 12 ferias universitarias en el país, a la FIL de Guadalajara, y a la ASEUC, a donde pertenecemos. Los libros no hay que promoverlos para tragárselos sin digerirlos, sino para poder compartirlos y discutirlos con grupos de gentes.

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