El encuentro

El niño va asomado por la ventana del bus urbano. Lo acompaña su madre. Se desplazan de norte a sur, por la carrera primera del barrio Cándido, de la ciudad de Neiva, Huila; es una tarde de agosto, de 2002. El niño siente que está en otra ciudad, o muy lejos de su casa. El bus pasa frente a un colegio, o al menos así le parece. Lee un letrero: INEM. Aún no sabe, pero lo que verá unos metros más adelante se quedará en su memoria para toda la vida.

El automotor se detiene allí a recoger pasajeros. El chico observa, curioso. Aquello parece un colegio, uno muy grande; no, no lo es, acá las personas no tienen uniforme, piensa; pero sobre todo, no lo es porque acá la gente parece que ingresa al lugar con entusiasmo, tanto jóvenes como adultos. No hay niños.

Lo que sea que hagan allá adentro debe ser importante, importante y divertido, e incluso misterioso, a juzgar por los gigantescos murales que adornan la entrada del lugar: en la pared izquierda una mujer, indígena, su pecho descubierto, sus brazos y su rostro elevados al cielo. No, no está rezando. Está gritando, un grito de lucha. Grita con todo su cuerpo. La rodean caballos, aves, montañas, un cielo azul.

En el otro mural, a la derecha, una figura humana, desnuda; eleva al cielo, como trofeo, un átomo; es un cielo nocturno, por el que surca un cohete. Al lado de la figura humana un campesino ara la tierra en su tractor, en dirección a lo que parecen ser fábricas, fábricas que despiden humo y fuego por sus chimeneas. Más abajo, aunque en primer plano, un joven; con el brazo izquierdo sostiene un libro, mientras eleva el otro hacia el cielo oscuro, la mano empuñada en dirección a las fábricas.

Las ramas de un gigantesco árbol enmarcan la fachada del lugar y lo protegen, al igual que a sus visitantes, del inclemente sol neivano. Más jóvenes van y vienen: cabello corto, cabello largo, pasos tímidos, pasos audaces, instrumentos musicales que cuelgan de algunas espaldas, risas, artesanos y sus objetos tendidos en el piso, vendedores, el bus arranca; el niño sigue mirando por la ventana, en su mente la imagen del lugar se congela, luego la enmarca y la cuelga en la habitación de su memoria. El bus se aleja. El niño parpadea.

Veinte años después, una pandemia lleva prácticamente a toda la población mundial al confinamiento en sus casas. El joven abre una de las ventanas y mira con detenimiento. Observa el letrero que dice Universidad Surcolombiana; al centro, en dorado, se lee: 50 años, 1970-2020. A la derecha otro anuncio: Acreditada  de ALTA CALIDAD. En otra ventana, advierte la fachada, el árbol, los murales, entonces se recuerda a sí mismo en la ventana del bus…; parpadea, pone el cursor sobre la pestaña que dice estudiantes, le da clic, e ingresa, al fin, al lugar.

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