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viernes 22 noviembre 2019
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Humanismo, el legado de Bolívar en la Usco

 “Sabiduría, excelencia académica, coherencia y crítica, rigurosidad, autenticidad, alegría, humanista, educador, cordial, consecuente, íntegro, maestro…”. Un grupo de alumnos, colegas y amigos de Carlos Bolívar Bonilla, hicieron el ejercicio de intentar definirlo en una palabra en el marco de su despedida; eso fue el primero de febrero del presente año, día en el que se jubiló y dejó la docencia, luego de 39 años al interior de la Universidad Surcolombiana. 

Por: Juan Guillermo Soto Medina

Cuando conocí a Carlos Bolívar Bonilla también tenía mi propia palabra, o frase, para definirlo: el papá del Moncho. Nunca fui su alumno ni compañero de trabajo; sin embargo, toqué con su hijo Simón (el Moncho) durante varios años en la banda Yijajay. Desde entonces ya han pasado cerca de 12 años. Hoy corroboro que aquellas palabras con las que lo definen sus alumnos y colegas también fueron cobrando sentido en ese escenario no académico, el de su casa, donde ensayábamos con su hijo; poco a poco, a medida que lo conocía, aquellos calificativos, tal vez condensados en la palabra humanista, comenzaban a encajar y a robustecer esa imagen escueta de “papá del mocho”. Tiempo después, la imagen de una persona cuya puesta en escena parece invariable en cualquier lugar. Coherencia, dijo uno de sus alumnos.

Universidad y familia. Dos proyectos de vida que Carlos Bolívar ha venido tejiendo desde que llegó a Neiva, en Agosto de 1979, luego de graduarse como Licenciado en Educación Física, de la Universidad Pedagógica. Entonces tenía 24 años. Venía de una militancia en la izquierda, desde el colegio: pensamiento crítico, el anhelo por la transformación y la lucha social, el trabajo comunitario. Cuando llegó a la Usco, muy pronto ya estaba en la Asociación Sindical de Profesores Universitarios, Aspu; en el equipo deportivo de profesores, en la cooperativa, fue representante de los profesores al Consejo Superior, Vicerrector Académico; al año de entrar a la Usco, organizó las primeras prácticas profesionales de la primera cohorte de su Programa: los primeros profesores de educación física de Neiva. Veinte años después ingresó al Programa de Psicología, en donde también dejó huella.

Luego de 39 años de docencia al interior de la Universidad Surcolombiana, el primero de Febrero del presente año, se jubiló; 20 años en el Programa de Educación Física y el resto en el de Psicología. ¿Qué reflexionar sobre todos esos años?: “mi primer triunfo pedagógico fue vencer la resistencia que generaba en mis estudiantes, mayores que yo, por mi apariencia de pelao de 24 años”; “se trata de la pedagogía como reflexión sobre el cómo nos humanizamos, cómo nos formamos”; “el reto de convertirme en un profesor universitario no tradicional, de carácter crítico, humanista”; “hasta que no se ponga en el mismo nivel de importancia lo cognitivo, lo ético/político y lo estético, no habrá verdadera formación”; “pero, si no hubiese sido por la universidad, no habría podido formar la familia que formé”;  “históricamente ha sido una constante que los adultos se quejen de los jóvenes en el sentido de que estos últimos no van a llevar a feliz término los valores sociales del momento; “el camino del guerrero, el camino con corazón de las enseñanzas de Don Juan y de Antonio Iriarte…”. Sobre todo esto charlamos con Carlos Bolívar Bonilla, por teléfono, pues al momento de ubicarlo para la entrevista se encontraba en París.

¿Usted siempre quiso ser docente? ¿Fue su plan A?, o el B o C, como le pasa a muchos docentes hoy en día…

La docencia fue mi plan A. En el colegio, en mi época, la educación física usualmente la daba un militar, un ex jugador…,  cualquiera. En el grado once yo tuve la fortuna de tener un profesor de educación física que cambió todo eso. Un profesor con método, didáctica, planillas, sistemas de entrenamiento, pulso, formas de jugar los deportes, entonces un día le preguntamos: ¿usted por qué sabe todas esas cosas? Es que yo soy licenciado en educación física de la Pedagógica, nos dijo, ¡Ah!, ¿es que se puede estudiar educación física?… Ni sabíamos. Ese profe me marcó. Sin embargo, jamás pensé que sería profesor universitario. Uno al comienzo no sabe qué significa eso. El reto de convertirme en un profesor universitario no tradicional, de carácter crítico, humanista, ha sido una labor de toda la vida.

¿Cuál fue su primer reto al entrar a la Usco?

Yo ingresé a la Usco el 1 de agosto de 1979, como profesor de tiempo completo en el área de pedagogía y didáctica de la educación física. Mis estudiantes eran mayores que yo, gente sobre 30 años. Mi primer reto, primer triunfo pedagógico, fue vencer la resistencia que generaba en ellos por mi apariencia de pelao de 24 años: menudo, delgado, lampiño… estos estudiantes  eran maestros de los principales colegios de Neiva: Liceo, Técnico, Inem, Santalibrada, normalistas que se estaban especializando en sus respectivas licenciaturas. Tenía un enfoque de la educación física de lo que llamábamos la psicomotricidad (ellos no conocían ni la palabra): no pensar en el rendimiento deportivo sino en la formación, a través de movimiento… El discurso empezó a calar y dijeron “este man como que sabe, pongámosle cuidado”.

¿Cómo fue que se conectó con la psicología?

Venía de leer en la Pedagógica a Piaget, Vygotski, y algunos psicólogos que defienden conceptos de psicomotricidad; ellos relacionan mucho el buen desarrollo del movimiento con el pensamiento: lo psicomotor. En Bogotá tuve una profesora en esa área, María Teresa Velázquez. Yo fui uno de sus mejores estudiantes y me encarreté mucho con los textos de esos autores y el terreno de la psicología… en la Usco, con el correr del tiempo, empecé mis investigaciones de pedagogía, didáctica, currículo, psicomotricidad… y  sentía que algo me faltaba, anhelaba más insumos en áreas como filosofía, psicología…  por azar, un amiga me pidió que la ayudara con una tarea, ¿De psicología?, le pregunté, Sí, es que estudio esa carrera en la Unad, a distancia. ¡Cómo!, ¿eso es posible? Entonces me matriculé en la Unad e inicié mis estudios en esa área.

En el año 2000 fue trasladado al Programa de Psicología, ¿cómo fue esa transición?

En ese entonces la carrera de psicología apenas iniciaba.  Un día me llamó la jefa de programa de dicha carrera. Los estudiantes habían llegado a los semestres en los que tenían que ver Seminario de Investigación uno, dos y tres y no había quién los dictara. Yo aún no era psicólogo, aunque ya tenía dos maestrías con formación en Investigación, una en México y otra en Colombia. Dicté el seminario uno, pero aún no había quién acompañara los otros. Yo no podía porque tenía carga académica en Educación Física y en el posgrado en Lúdica que yo había creado y dirigía. Ella me dijo: ¿y si hablo con el rector para que me lo trasladen de tiempo completo a Psicología?  Y así pasó. Llegué allá, creo,  a finales del año 99. Al poco tiempo me gradué en psicología.

Como investigador, los temas a los que usted se dedicó fueron niñez, juventud, pedagogía…  ¿cuál cree que fue su aporte más valioso en estos temas?

Investigar en esa época era algo extraño. Solo algunos pocos atrevidos y no muy preparados empezamos a hablar de investigación. Una de las que yo podría resaltar fue la que me permitió unir elementos de la educación física con elementos de psicología. Por ejemplo: hace unas décadas las clases de educación física se realizaban teniendo como guía unas cartillas alemanas, las cuales hablaban de trampolines, piscinas, gimnasia y un poco de cosas que no teníamos acá. Entonces yo lideré una investigación cuyo objetivo era crear unos programas sobre la forma de desarrollar las clases de educación física en el Huila, que obedecieran a sus necesidades, idiosincrasia, infraestructura, tipo de niños, con enfoque psicomotor. Esto no existía. Estos programas fueron premio nacional de investigación y fueron adoptados por el Departamento del Huila como oficiales. Era la primera vez que un Gobierno Departamental adoptaba como currículo oficial una investigación hecha por la Usco.

Luego vienen varias investigaciones: la cultura corporal de los adolescentes, la maternidad temprana, temas de psicología social, entre otras. De los libros, producto de estas investigaciones, ¿tiene algún preferido? 

Hay uno que la gente lo recuerda más y me buscan para que hable de él: El Desencanto de la Enseñanza. Reflexión sobre la enseñanza. Este fue el más vendido en la Feria del Libro cuando se lanzó. Y no significa que sea el mejor. El otro es el libro de diseño de programas de  educación física. Este tuvo buena aceptación no solo en el Huila sino en otras ciudades del país; es que no existían en Colombia programas en torno a la educación física, hechos por profesores colombianos, entonces tuvo gran aceptación.

Usted le ha dedicado varios de sus libros a Simón; en uno de ellos dice “por enseñarme a respetar y ser solidario con quien siente, piensa y vive a contracorriente”. ¿En qué consiste ese aprendizaje? 

Simón Ernesto es un muchacho diferente a los prototipos comunes. Uno de padre novato, por lo general, quiere que el hijo siga los pasos del padre. Yo fui entendiendo, a fuerza de dialogar con él, discutir, controvertir, que era una persona diferente y que no podía forzarlo. Eso fue un ejercicio psicológico. Los seres humanos tenemos proyectos de vida diferentes; en este caso entendí que el oficio de la poesía y la música, o el de sentarse a leer y a escribir, eran tan válidos como cualquier otro. Y si yo tenía esa conciencia y las condiciones económicas para apoyarlo, y él me decía que su proyecto de vida va por ahí,  y es mi hijo, lo fui controvirtiendo menos y apoyándolo más en su proyecto de vida y tratando de poner en práctica el discurso aquel del respeto por la diferencia.

¿Cuáles son los principales retos que enfrenta hoy la educación, y cuáles la Usco?

Respecto al primero, el que más me gusta referenciar: hasta que no se ponga en un mismo nivel de importancia lo cognitivo, lo ético/político y lo estético, no habrá verdadera formación. Históricamente la educación se ha asumido como un asunto cognitivo, mental, de cabeza grande, y desprovisto de lo sensible, lo estético, lo ético/político. Entonces, es necesario que las escuelas y colegios  tengan las mismas cinco horas para matemáticas, para educación física, español, música, democracia. En la universidad pasa algo parecido: mientras que los profesores universitarios  sigan creyendo que lo más importante es enseñar unos contenidos específicos, y que nada tiene que ver eso con la formación estética y ético/política de los muchachos, la sensibilidad, los afectos, los sentimientos, el entendimiento, va a estar demorada una verdadera transformación de la universidad y de la sociedad misma.

Usted resalta mucho la idea “iriarteana” del humanista integral. Procura aplicar ese legado para su vida: educador  físico, psicólogo, deportista (futbolista)… haciendo relación al concepto de humanista integral, de Antonio Iriarte, y de las enseñanzas de Don Juan de Castaneda, ¿también procura la impecabilidad?

Lo intento, pero se nos va la vida en eso. Recuerda uno a Gandhi, el Dalái Lama, gente que uno ve tan lejos en ese sentido espiritual y de impecabilidad. Falta mucho todavía. Uno se ha cuidado de ser coherente, en el discurso, el sentir y la práctica. El camino del guerrero, el camino con corazón de las enseñanzas de Don Juan y de Antonio Iriarte, es un camino que hay que transitar hasta el último día.

¿Qué ha hecho en estas semanas de jubilación? ¿Y a qué se dedicará?

Lo que uno espera, sin que haya certezas, es descansar en el sentido de liberarse de las rutinas. A cambio, cultivar cosas que uno antes, por las ocupaciones, hacía de forma muy limitada: la escritura, la lectura, a mí me gusta la literatura, el ensayo, leer una buena novela… y lo otro es compartir lo que más pueda con la familia. Cuando uno se entrega tanto al trabajo, una de las sacrificadas resulta la familia. Muchas veces me privé de compartir cumpleaños y cosas familiares por estar en la U; allá mismo, a veces uno tenía conflictos, discusiones, y luego llegaba a casa y descargaba ese malestar con quien no debía. Sin embargo, debo reconocer que si no hubiese sido por la Universidad, no habría podido formar la familia que formé. La docencia Universitaria, bien llevada, se convierte en un proyecto de vida.




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