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lunes 23 noviembre 2020
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Consignas: música, danza, identidad y política

Por: Juan Guillermo Soto M.

“¡Prohibido prohibir!”, “¡A parar para avanzar, viva el paro popular!”, “¡Alerta, alerta, alerta que camina, la espada de Bolívar por América Latina!”, “¡Presupuesto, presupuesto, para la educación, no más armas, ni dinero, para la represión!”, “Porque la universidad nació en la calle y en la calle la defenderemos”, “¡Uribe, paraco, el pueblo está verraco!”, “¡No pasarán!”, “El pueblo, unido, jamás será vencido!”, “hazlo tú mismo”, “¡Mírenlos, esos son, los que roban la Nación!”…

Las consignas… vivan las consignas…[1].

Las consignas constituyen una de las armas simbólicas de mayor contundencia que tienen los pueblos para taladrar los muros del Statu Quo. En el marco de las movilizaciones sociales, la consigna es un coctel compuesto por una intención comunicativa potente, una posición política usualmente contestataria, y una movilización al gozo colectivo gracias a los lenguajes en los que se desplaza: la música, la literatura y el movimiento (este último evidencia la cercanía con la danza).

La potencia de la consigna está en su capacidad de señalar el corazón del malestar, la almendra de una fruta usualmente ya descompuesta. Y pese a que dicho malestar, generalmente, tiene por combustible las emociones de rechazo, indignación y reclamo, es común sentir un aire festivo y entusiasta en las movilizaciones, en buena medida, gracias a que la consigna, al mismo tiempo, pone su granito de arena en el gozo colectivo de los marchantes. Y en pleno campo de batalla: la calle.

Pero si la consigna está pulida con la madera de la indignación y el reclamo, ¿en dónde el motivo del gozo?: en el brazo que la moviliza, la música (ya sea que la consigna tenga melodía, o, musicalidad en su marcado ritmo enunciativo); la literatura, cuando la consigna, de alguna manera, evidencia un hecho poético, es decir: una verdad o revelación; y la danza, con el acto del desplazamiento colectivo, por la mitad de la calle, a un ritmo particular, a veces acompañado de saltos y coreografías. Es gracias a este componente artístico que la consigna logra taladrar el espíritu del oprimido (para menguar su amargura con el néctar del arte, y, para tender puentes de confianza entre las individualidades del colectivo), y del opresor, para confrontarlo y juzgarlo.

“Las consignas son como los chistes”, asegura el psicólogo Juan José Riveros, “discursos sintéticos que parecieran no tener dueño; se propagan sin saber quién fue el primero que las dijo”. Sin embargo, ¡Seamos realistas, pidamos lo imposible!: conocer los ancestros de la consigna.

El homínido protestari

Ahora, un paso atrás, cuando la música no se había fosilizado en palabra y constituía, quizás, el lenguaje imperante de la esfera humana. Aquello se podría situar durante las primeras etapas de evolución del homínido[2]. Según el etnomusicólogo Joseph Jordania, en dichas etapas se desarrolló el sentido del ritmo y de identidad colectiva, cruciales para la supervivencia de estos primeros hombres. Para el científico, la capacidad humana de seguir el ritmo en grandes grupos, a través del canto, la danza, la pintura corporal, conllevó a alcanzar un estado de identidad colectiva. En este estado las necesidades de supervivencia del grupo reemplazan los instintos de la supervivencia individual.

Quizás el desarrollo de los dos sentidos mencionados, ritmo e identidad colectiva, constituya uno de los referentes más antiguos de la consigna, en donde la música (la imagino en los gritos y sonidos guturales del simio mencionado[3]), la cual ya daba sus primeros pasos por el camino de hacerse palabra, sugería una posición y toma de decisiones colectivas, lo que hoy se acercaría a nuestra idea de política. Dicho pacto se cerraba no por medio de la deliberación sino a través de la identificación de actos rituales comunes: determinados gritos, ciertos pigmentos (en la piel u otros lienzos), movimientos corporales cíclicos. Todo ello tuvo que haberse dado en un lugar específico, lo cual también sugiere que además de las disputas colectivas por la supervivencia, quizás otro de los bienes comunes por defender era el territorio; este último, a su vez, sugiere la disputa por el agua y la comida. ¿Cuál era la consigna de nuestro ancestro humano, el homínido, en el periodo del Mioceno Medio? Al menos ahora, si pensamos en cuatro elementos fundamentales: música, danza, identidad y política, podemos imaginarla.

Agrega Joseph Jordania que el desarrollo del sentido del ritmo, y los actos rituales que este posibilitaba, fueron vitales para la supervivencia del grupo, por encima de los intereses y seguridades individuales, específicamente en el escenario de la batalla. Quizás lo que hoy conocemos como consigna, sea heredera de estos rituales. Aquella, al menos psicológicamente, pasó a ser otra arma fundamental en el escenario de las confrontaciones humanas. Veamos algunas:

«¡Dios con nosotros!«, utilizado por los ejércitos de los Imperios Romano y Bizantino, tras la adopción de la religión cristiana; “¡Tierra y Libertad!”, por los revolucionarios mexicanos de Zapata; “¡Salve la victoria!«, por las tropas alemanas durante el Tercer Reich; “¡Que nunca por vencidos se conozcan!», por los paracaidistas de la Escuela Portuguesa de Tropas Aerotransportadas; «¡Aquí estamos listos para el sacrificio!», por los comandos del ejército portugués desde la Guerra colonial portuguesa; «¡Cortadlos en pedazos!», por los soldados finlandeses del ejército sueco en los siglos XVII y XVIII.

Consigna y siglo XX

Uno de los eventos históricos que marcó gran influencia en las movilizaciones estudiantiles de todo el mundo, fue el Mayo de 68: cadena de protestas iniciada por grupos estudiantiles a quienes se les unió, posteriormente, movimientos obreros y sindicalistas. Para César Valencia Solanilla, doctor en literatura y docente de la Universidad Tecnológica de Pereira, precisamente el valor literario de las consignas radica en “sus estallidos de lucidez y humor, que pasan a la historia, como ocurrió en Mayo de 68 en París. De allí esos slogans tan sugestivos, escritos en los muros de Nanterre, y otros lugares de París, en aquellos años maravillosos de insurgencia juvenil: ‘La imaginación al poder’, ‘Prohibido prohibir’, ‘Nosotros somos el poder’, ‘Seamos realistas, pidamos lo imposible’, ‘Amaos los unos encima de los otros’”.

En Colombia, las consignas también han tenido gran impacto en el marco de sus diferentes luchas sociales. La herencia de Jorge Eliecer Gaitán, por ejemplo, si bien dejó frases de afilada crítica social: “Yo no soy un hombre, soy un pueblo, y el pueblo es mayor que sus dirigentes”, “Hay que procurar que los ricos sean menos ricos y los pobres sean menos pobres”, tal vez estas no llegaron a ser consignas que trascendieran en la memoria de los colombianos por su falta de musicalidad, concreción, o uso de un lenguaje más coloquial y de fácil recordación.

Quizás por la influencia del Mayo de 68, y de los movimientos hippies y anarquistas de la época, las décadas de los 70 y 80 dieron a luz consignas que además de su discurso sintético antagónico, ya contaban con ciertos destellos de creatividad, musicalidad, ironía y ritmo. Tal vez por ello, algunas de estas se siguen pregonando en las marchas. Juan Carlos Acebedo, doctor en Comunicación y profesor de la Universidad Surcolombiana, recuerda que en sus años de estudiante, en la Universidad de Antioquia, una de las consignas que se cantaba, y que de hecho hoy persiste en las manifestaciones, es la que dice “’Mírenlos, esos son, los que roban la Nación’. Y la hacíamos levantando el brazo, señalando con el dedo índice hacia un edificio público, o a un grupo de policías o soldados… tenía como objeto la denuncia del poder. Otra de los años 80, que persiste en la actualidad y a la cual se le debe cambiar el nombre del gobernante de turno, es: ‘Si los profesores paran, los estudiantes paran; si los estudiantes paran, el pueblo para; si el pueblo para, Duque se emputa, y si Duque se emputa, ¡que se empute ese hijueputa!’”. El uso del término soez, agrega el profesor Acebedo, convocaba mucho el interés y la participación de los presentes. “Esto hace parte de las matrices populares de bastante tiempo atrás, incluso siglos anteriores: protestas campesinas, rurales, en las cuales se ponía como objeto de burla a quienes de alguna manera las personas identificaban como sus opresores”.

¡Uribe, paraco, el pueblo está verraco!, es otra de las más famosos de la última década. Además de su sonoridad y concreción, su potencia radica en que le brinda, al que la canta, la capacidad de juzgar y de gritarle “paramilitar” a su opresor, gritárselo en la cara, una cara imaginaria o simbólica. “Se lo gritamos en la calle, lo que nos indigna y nos molesta y lo mucho que podemos detestarlos; dejamos claro que nos distanciamos de sus posturas y decisiones. Esto hace que la consigna sea una manifestación contestataria, de insurrección”, asegura Alejandro Ospina, estudiante de la Universidad Surcolombiana.

De acuerdo a lo anterior, podría decirse que el acto transgresor de la consigna involucra una canalización de la rabia. Así lo afirma el psiquiatra y terapeuta William Sánchez. “Y es una canalización funcional, una sublimación, porque es, al mismo tiempo, una reivindicación política. La consigna, la movilización, son expresiones de la rabia. Y es sano, para quien lo emite, desde el punto de vista psicológico”, agrega.

Si bien las consignas son importantes por su poderoso y sintético discurso antagónico, Juan José Riveros resalta que las discusiones políticas deben trascender las consignas: “estas deben entenderse como algo que tiene un límite de acción, pero que el discurso más prolongado debe ser el que le dé forma y estructura a la política. Construir discursos debe ser mucho más que hacer meras consignas”, idea que recuerda, precisamente, una consigna de Jorge Eliecer Gaitán: “nos hallamos apenas en el período inicial de toda revolución: la emoción. Por eso no somos revolucionarios sino simplemente rebeldes, es decir, inconformes”.

En el mismo sentido, el politólogo Piero Emmanuel Silva resalta la importancia de que las consignas generen mayor conexión con la ciudadanía contemporánea. “Si no se piensan nuevas consignas, y con sentidos de presente, estas pierden conexión con la ciudadanía y le restan contundencia a las movilizaciones”.

De cualquier forma la consigna, en el marco de las movilizaciones sociales, tiene una importancia política en cuanto que pone sobre la mesa del debate público las motivaciones, reclamos colectivos y posturas al respecto; su sintética y evidente potencia comunicativa radica en la efectividad de su mensaje, sea para generar adhesión o rechazo; abre camino, cuando su pregón irrumpe el orden normal y rutinario de la calle, para que “el amigo mirón se una al montón”, o, al menos, para que se entere de los motivos de la protesta; y, no menos importante: la música, y en cierta medida la danza, constituyen el brazo de Apolo que despide con entusiasmo esta lanza sonora e insurrecta, herencia ritual incubada en la caverna por nuestros ancestros homínidos, hace 23 millones de años, y que hoy sigue atravesando con vehemencia, pero también con júbilo, los espíritus valientes, canallas, y tibios, de los oprimidos, opresores y mirones, respectivamente.

[1] Cántese esta frase con la música de la canción “Las industrias”, de la agrupación Chilena Los Prisioneros, específicamente cuando dice: Las industrias… muevan las industrias…

[2] Familia de primates hominoideos, que incluyen cuatro géneros y ocho especies vivientes, entre las cuales se hallan los humanosorangutanesgorilaschimpancés y bonobos.

[3] Véase la primera escena de la película Odisea en el Espacio, de Estanley Kubrick.




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